Antonio Gramsci [1] comprendió que en las sociedades occidentales, el poder rara vez se impone únicamente por la fuerza. Se lo logra consolidar cuando una visión del mundo logra presentarse como obvia, natural, indiscutida. La clase dirigente gobierna porque logra que su cosmovisión sea aceptada como natural, como sentido común. A ese predominio lo llamó hegemonía cultural. De ahí que la revolución, para Gramsci, no fuera un asalto frontal al poder, sino una guerra de posiciones: lenta e intelectual. Antes de intentar cambiar las leyes, se requiere cambiar las mentes, porque es a través de la cultura que se logra el poder. Las leyes se cambian después.
Ese mismo diagnóstico es el que Agustín Laje [2] formula pero desde una perspectiva crítica, bajo el nombre de batalla cultural. Se trata de una disputa por el control del lenguaje, los valores morales y costumbres con los que una sociedad aborda la realidad. Es el terreno donde se define qué ideas pueden expresarse, cuáles resultan aceptables y cuáles quedan expulsadas del espacio público. Esta batalla no se libra solo en parlamentos o elecciones, sino en las aulas, los medios, el arte, la academia, las redes sociales y en el habla cotidiana. Su objetivo final es imponer una ideología sin que sea percibida como tal y pase a vivirse como normalidad.
Gramsci, desde el comunismo, describió una lógica de poder que fue asumida, aplicada y radicalizada por actores políticos concretos. Laje, desde el liberalismo, advierte sobre los mecanismos mediante los cuales se intenta imponer el socialismo. Ambos coinciden en que el avance no es brusco, sino gradual y multisectorial. La izquierda no busca únicamente ganar elecciones, sino ocupar todos los frentes: educación, justicia, medios de comunicación, sistema político, salud, organismos internacionales, incluso ámbitos tradicionalmente ajenos al debate ideológico como las fuerzas armadas y policiales. El poder se construye por acumulación cultural y desgaste del adversario.
Se requiere imponer una nueva idea de “lo correcto” y de lo moralmente inaceptable. Para ello, resulta indispensable colonizar el lenguaje. Al cambiar palabras se modifica el modelo mental y se redefinen conceptos como familia, derechos, violencia o género. Se sustituyen términos incómodos por eufemismos. Se impone un vocabulario identitario como nueva norma moral. El lenguaje pasa de ser un instrumento descriptivo, a convertirse en una herramienta de ingeniería moral.
Simultáneamente, se despliega una estrategia de victimización. Se construye la discusión política a partir de la condición de víctima. La idea de una opresión estructural permanente se instala por repetición, hasta funcionar como premisa incuestionable del debate público, inoculando resentimiento y desconfianza hacia el orden social existente. La historia es reescrita selectivamente para reforzar esos relatos, sustituyendo el análisis histórico por consignas difundidas a través de la cultura, el entretenimiento y las redes.
Una vez instalado el nuevo lenguaje moral, el debate racional se vuelve imposible. El desacuerdo deja de ser un error intelectual y pasa a ser una falta ética. Quien disiente no está equivocado, pasa a ser inmoral. Así se reemplaza el debate por el juicio ético. La política se reduce a una confrontación entre virtuosos y perversos. En ese clima, la deslegitimación del adversario cumple un rol central. Al asociarlo con fascismo, atraso, ignorancia o violencia, se intenta transformar sus ideas en herejías socialmente indecibles. De esa forma, la autocensura se va imponiendo sin necesidad de prohibiciones formales.
Ese marco cultural termina consolidándose en universidades, escuelas, medios y otras instituciones clave, que se convierten en centros de adoctrinamiento. Desde allí se forma a las nuevas generaciones bajo un mismo dogma, mientras la información se simplifica y se desplaza hacia formatos audiovisuales breves que desalientan el pensamiento crítico y favorecen la adhesión emocional.
Este proceso requiere una estrategia de largo plazo. No se busca una victoria inmediata, sino un avance paulatino. No avanza a los golpes, sino por desgaste. Las derrotas electorales no detienen el proyecto, porque su fuerza no reside en un gobierno puntual, sino en la lenta modificación de los consensos sociales. La ideología se va imponiendo gradualmente hasta que deja de parecer nueva o discutible.
Cuando ese nuevo marco cultural ya domina, el Estado pasa a ser legitimador cultural. Las agendas ideológicas se traducen en políticas públicas, financiamiento selectivo, marcos normativos y regulaciones que refuerzan el cambio cultural ya operado.
El paso más profundo y más destructivo es la erosión sistemática de las tradiciones. Símbolos patrios, canciones, fechas históricas, héroes nacionales, costumbres populares, todo aquello que articula una identidad común es reinterpretado, relativizado o directamente atacado. La tradición instalada en el inconsciente colectivo debe ser demolida para que el nuevo orden pueda erigirse sobre terreno despejado. PASFER
El proceso se completa con la sustitución del pensamiento crítico por el dogma. Poco a poco, se opta por el dogma como sustituto del esfuerzo de pensar. El adoctrinamiento político y cultural queda entonces firmemente asentado.
La Revolución Francesa ofrece un ejemplo histórico de estos mecanismos. Antes de 1789, el Antiguo Régimen ya había sido debilitado culturalmente por las ideas de la Ilustración (además del desgaste propio por incompetencia administrativa y crisis económica). Para destruir el orden basado en la tradición y la religión, fue necesario socavar la creencia de que la sociedad tenía un fundamento divino. El adoctrinamiento fue general. Se suprimió la religión, se cambió el calendario, se descristianizó el espacio público, se reformó el lenguaje, se atacaron símbolos y jerarquías, y se cortó la cabeza de todo disidente (incluyendo algunos de los más fervientes revolucionarios).
En realidad, la razón se transformó en una “doctrina de la razón”, perdiendo así su carácter esencial y pasando a ser otro dogma. Así, la revolución perdió el rumbo filosófico inicial y pasó a ser una revolución religiosa. Alexis de Tocqueville escribía: “La Revolución Francesa ha sido una revolución política que ha operado como una revolución religiosa, y casi puede decirse que ha sido ella misma una religión.” (…) “el objeto de la Revolución Francesa no fue únicamente cambiar un gobierno antiguo, sino abolir la forma antigua de la sociedad. Hubo que atacar a la vez todos los poderes establecidos, cancelar todas las influencias reconocidas, renovar las costumbres y los usos, y vaciar de alguna manera el espíritu humano de todas las ideas sobre las que hasta ese momento se habían fundado el respeto y la obediencia.” [3]
El resultado fue una paradoja histórica: una revolución nacida para liberar desembocó en el Terror jacobino y, luego, en el despotismo napoleónico. Se abolieron privilegios de algunos dándoselos a otros, pero no se construyó una cultura duradera de libertad. El despotismo lejos de desaparecer apenas cambió de manos.
Pensar que estas estrategias pertenecen al pasado es un error. Salvando las distancias históricas y sin equiparar contextos, el mecanismo cultural es reconocible. En Uruguay, sin violencia abierta ni rupturas institucionales, se observa una transformación cultural silenciosa pero persistente. En el lenguaje oficial, en el sistema educativo, en los medios, en la reinterpretación de la historia nacional, en la erosión de tradiciones y símbolos patrios, existe un conflicto con el sentido común. Han ocurrido cosas muy graves, como no respetar las decisiones de un plebiscito y un referéndum. Sin embargo, los partidos políticos no izquierdistas parecen no haberlo percibido. Ideas que ayer eran debatibles, hoy se presentan como verdades morales indiscutibles. El disenso se vuelve incómodo, la autocensura crece, y los relatos sesgados comienzan a asumirse como verdades.
¿Puede contenerse la imposición cultural marxista? Sí. Pero se necesita lo que Arendt llamó “praxis”, movilizarse a través de la palabra y el acto, revelando sus ideas y ejerciendo su libertad de expresión. Hay que cuestionar lo que solapadamente se nos ha estado imponiendo, desde hace años, desde múltiples frentes. Hay que exigir más a nuestros representantes. Hay que explicar todo esto a los más jóvenes, que no vivieron los 60 y 70.
Por eso escribo esta columna, porque callar es una forma de rendición. Todavía estamos a tiempo de refutar lo que se nos pretende imponer. Si está de acuerdo, compártala.
Juan Carlos Nogueira
Referencias:
[1] Gramsci, Antonio. Selections from the Prison Notebooks of Antonio Gramsci. Edited by Quintin Hoare and Geoffrey Nowell-Smith, Lawrence & Wishart, 1971.
[2] Laje, A. La batalla cultural: Reflexiones críticas para una nueva derecha. Harper Collins México, 2022.
[3] Tocqueville, A. de. L’Ancien Régime et la Révolution. Paris: Michel Lévy Frères, 1856.
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