Cuando la ideologia habla por un país - por Juan Carlos Nogueira


Intenté hacer algo que cada vez me resulta más difícil, escuchar un discurso político sin terminar discutiendo mentalmente con él. 

El escenario no podía ser más solemne, la Asamblea General de las Naciones Unidas, las banderas de casi todos los países del mundo y Uruguay allí representado por su presidente. 

Nada de eso debería generar objeciones. Uruguay ha construido buena parte de su identidad internacional sobre esos principios. Un país pequeño necesita apoyarse en el derecho y los organismos internacionales porque, cuando el derecho desaparece, la fuerza suele ocupar su lugar. Eso ya lo había anticipado Tucídides en el diálogo de los melios. El poder termina imponiendo la lógica de sus intereses; algo que parece haber quedado claro en las ponencias de los presidentes Trump, Netanyahu y Milei.

Pero mientras escuchaba a Orsi reclamar un orden internacional en el que los países pequeños no queden sometidos a la voluntad de las grandes potencias, pensé que subyacía una contradicción que valía la pena examinar. Defender ese principio es una cosa; aplicarlo selectivamente, según quién sea la potencia y quién sea el gobierno cuestionado, es otra. La referencia a Cuba fue el ejemplo más evidente de cómo una mirada ideológica puede distorsionar una realidad compleja.

El presidente habló de “un férreo bloqueo económico como el que sufre el pueblo cubano” [1]. La expresión tiene una enorme carga simbólica: la pequeña isla enfrentada a una gran potencia, el débil frente al poderoso. Es un relato sencillo y políticamente eficaz. El problema es que la realidad cubana es bastante menos sencilla.

Estados Unidos mantiene, efectivamente, un régimen de sanciones económicas contra Cuba que restringe de manera significativa la relación económica bilateral y genera efectos que han sido objeto de críticas internacionales. Pero esas sanciones no equivalen al aislamiento absoluto de Cuba del sistema internacional. Cuba importa y exporta regularmente con con Europa, China, Rusia, Canadá, Brasil, México y otros países; y, paradójicamente, hasta Estados Unidos le vende productos [2]. 

Los datos disponibles de 2026 tampoco describen una economía aislada del mundo. Solo entre enero y julio, Estados Unidos exportó a Cuba US$674 millones en bienes. México, por su parte, acumuló US$58,7 millones de exportaciones y US$8,25 millones de importaciones con la isla. Y los últimos datos anuales completos disponibles muestran que en 2024 Cuba mantuvo comercio bilateral de mercancías con China por US$1.554 millones, con España por US$1.253 millones, con Venezuela por US$912 millones, con Canadá por US$682 millones, con Brasil por US$389 millones, con México por US$361 millones y con Rusia por US$308 millones [3].

No existe, por tanto, un bloqueo que impida a Cuba comerciar con el resto del mundo.  El término “bloqueo”, utilizado por el gobierno cubano y por otros actores, puede transmitir precisamente una impresión que no describe toda esa realidad. Un bloqueo en su sentido jurídico estricto, implica impedir físicamente el acceso o salida, no simplemente prohibir determinadas transacciones comerciales. Entonces, si las sanciones de EE.UU. no constituyen bloqueo, ¿a qué se debe  realmente la crisis cubana?

La economía cubana no llegó a su situación actual únicamente por las sanciones estadounidenses. Estas afectan especialmente la relación económica bilateral y pueden generar dificultades indirectas, pero no explican por sí solas el pobre desempeño de la economía cubana. Hay que poner atención en décadas de un modelo económico centralizado, restricciones a la iniciativa privada, problemas persistentes de productividad, falta de incentivos y el enriquecimiento de la familia Castro y la nomenclatura cubana. No reconocer esa realidad es, como mínimo, intelectualmente deshonesto. 

La política exterior de Uruguay debería evitar esas simplificaciones. Nuestra tradición diplomática no nació para elegir enemigos, sino para defender principios e intereses nacionales con una mirada pragmática. Y una política exterior pragmática debería ser capaz de defender la autonomía nacional y, al mismo tiempo, cultivar una relación constructiva con todos los actores relevantes. Estados Unidos constituye uno de ellos. No solo es una gran potencia con capacidad de influencia, también es un socio económico, científico, tecnológico y diplomático. Una relación madura no exige admiración ni subordinación, pero tampoco necesita construirse sobre un relato sesgado. Por eso, más allá de la rigurosidad que merecía la ocasión, la referencia al “bloqueo” introduce innecesariamente una posición que difícilmente contribuya a una relación constructiva con Washington. En un foro internacional como la Asamblea General de Naciones Unidas, las palabras de un presidente tienen un peso que trasciende la coyuntura política interna. No son solamente opiniones personales ni expresiones partidarias; son señales que recibe la comunidad internacional sobre la posición de un país. La responsabilidad de un presidente es precisamente elevarse por encima de las consignas. Puede defender principios, cuestionar decisiones de grandes potencias y reclamar un orden internacional más justo, pero debe hacerlo desde la perspectiva de los intereses permanentes del país que representa. En política exterior, las palabras también son acciones. Y cuando esas palabras distorsionan una realidad compleja, el costo no lo asume el país en cuyo nombre fueron dichas. Pero el problema de la precisión no terminó con la referencia a Cuba.

Apareció también en una de las frases que Orsi eligió para resumir su concepción de las relaciones internacionales: “nadie es más que nadie”. Una frase que puede expresar un principio perfectamente razonable, pero que, tomada literalmente, plantea una cuestión bastante más compleja. Desde una perspectiva de igualdad moral, ningún ser humano posee mayor dignidad que otro por nacimiento, riqueza, poder o posición social. Hasta ahí, esta interpretación tiene una larga tradición filosófica difícil de refutar. Pero la frase también contiene una segunda lectura equívoca. Puede confundir la igualdad de dignidad con la igualdad de capacidades, conocimientos, méritos o competencias. La distinción no es nueva. Aristóteles ya advertía que igualdad y mérito no son conceptos equivalentes; Platón llevó esa diferencia al terreno político: en La República, el buen gobierno no depende simplemente de sumar opiniones, sino también del conocimiento y la capacidad de quienes toman decisiones. Ortega y Gasset retomó el problema desde otro ángulo: todos tienen derecho a opinar, pero ese derecho no convierte automáticamente a todas las opiniones en igualmente fundamentadas. Hayek plantearía una dificultad diferente: el conocimiento está distribuido entre las personas y ninguna sociedad puede actuar como si todos supiéramos lo mismo. Las perspectivas son diferentes, pero convergen en una distinción elemental: la igualdad de dignidad no implica igualdad de conocimientos, capacidades, méritos, experiencia o autoridad. Confundir ambas cosas es precisamente el problema que plantea la frase de Orsi. En el ámbito internacional, la igualdad soberana de los Estados es un principio fundamental, pero no significa que todos tengan la misma población, poder económico, capacidad tecnológica o influencia diplomática. Mucho menos que todas sus posiciones tengan el mismo fundamento frente a los hechos. Ignorar las diferencias de poder económico, demográfico, militar, científico o cultural entre las naciones sería, sencillamente, ingenuo y poco realista. En ese contexto, “nadie es más que nadie” puede funcionar como consigna de convivencia, pero resulta demasiado ambigua cuando se traslada al terreno de las relaciones internacionales.

El discurso de Orsi fue malo (no digo decepcionante, porque eso implicaría alguna expectativa positiva previa de mi parte). Antes del viaje, Orsi mantuvo reuniones con los principales referentes partidarios para intercambiar sobre la posición de Uruguay en política exterior. La intención era, según Presidencia, recoger sus planteos y construir una posición nacional. No es fácil encontrar el resultado de aquel intercambio. La referencia a Cuba, precisamente una de las más controvertidas, permaneció intacta. Increíblemente, Orsi ahora niega haberse referido a Cuba. Parece que cuando dijo: “un férreo bloqueo económico como el que sufre el pueblo cubano”, no se refería a Cuba. ¿Nos toma el pelo o sufre de un súbito ataque de amnesia? No quisiera pensar que leyó sin reflexionar un discurso que él no escribió. Los líderes de la oposición que se reunieron con él, ahora deben estar arrepentidos de haber sido tan ilusos. No se puede jugar fair play con quien no juega de igual forma. Orsi puede tener sus convicciones y defenderlas. También puede cuestionar las políticas de otros Estados y reclamar un orden internacional distinto. Pero cuando se sienta ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, ya no habla solamente como Yamandú Orsi ni como dirigente del Frente Amplio. Habla como presidente de Uruguay. Y esa diferencia importa. Porque un presidente puede llevar sus ideas al poder. Lo que no debería hacer es confundirlas con la posición de un país entero. 

Juan Carlos Nogueira

Referencias: [1]  https://www.gub.uy/presidencia/comunicacion/publicaciones/discurso-81-periodo-sesiones-asambleageneral-naciones-unidas [2]  https://agriculture.canada.ca/en/international-trade/reports-and-guides/sector-trend-analysis-tradeoverview-canadas-trade-performance-latin-american-and-caribbean-markets [3] https://www.census.gov/foreign-trade/balance/c2390.html https://www.economia.gob.mx/datamexico/es/profile/country/cuba?timeSelector=Year&utm_ https://www.norn.global/en/intelligence/countries/cu 

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